jueves, 27 de noviembre de 2014

La Noche fue Testigo

"La vida es una constante enseñanza, a veces una cruel rueda que gira y gira. Nunca sabes en que casilla caerá la próxima ficha, si será blanca o será negra. Que esa incertidumbre no detengas tu camino"
Samarcanda
LA NOCHE FUE TESTIGO

Ni el intenso tono que inundaba el cielo con matices lapislázuli, consiguió alejar a Javier de sus turbios pensamientos. Todo era noche en su vida.
- Cuando no te queda nada…nada puedes esperar-concluyó.
Los días de ilusión quedaron atrás, estaba resuelto a detener su camino. Varios años ya desde que Susana le abandonara y mucho tiempo también desde que sus hijos no se preguntaban dónde estaría aquel padre fugitivo. No le quedaba fuelle para seguir buscando excusas. Para seguir mintiéndose.
Se preguntaba cómo había llegado hasta allí y que absurdos pasos le habrían encaramado en aquella escuálida barandilla que apenas acogía sus pies del cuarenta y cinco.  
-¡Un hombre con suerte!...
Se lo habían dicho tantas veces -que tonto de él- se lo acabó creyendo. Después llegaría la distancia y el olvido. Tras meses de vagar ausente, ahora le espantaba el vuelco de su destino. Abandonado, desahuciado de sí mismo y con escasos visos de querer aferrarse a la vida. Ese era su actual testamento.
La noche era fría, y él, solo consciente de su propia soledad, de ese frío traidor que empezaba a colarse entre cada pliegue de su pellejo y su agujereado jersey.

Fue entonces cuando la vio, iba tambaleándose de un lado a otro. ¡Qué pena! -pensó- Intuyendo una calamidad parecida a la suya. Cuando la muchacha se volvió pudo verla mejor y un estremecimiento le recorrió las entrañas. Apenas debía tener dieciséis años y estaba embarazada.
Incapaz de consentir ese final para ella, saltó de su atalaya -la misma que minutos antes iba a servirle de trampolín a la muerte-  y corrió a atenderla cuando a punto estaba de caer al vacío.

-¿Qué intentas hacer criatura? –le susurró al alcanzar su mano.


La joven sonrió con tristeza y aferrándose con fuerza a su vientre, se mantuvo encogida. No quedaba mucho tiempo. Javier impuso la mejor voluntad al más grande de sus desafíos, en pocos minutos un nuevo ser les inundó con su calor. Y fue entonces, cuando su propia sonrisa iluminó la noche. Con lágrimas en los ojos volvió a recordar, porque la vida siempre merecería la pena.

©Samarcanda Cuentos-Ángeles
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