viernes, 14 de noviembre de 2014

El Hombre Del Banco

En ocasiones dejamos de hacer algo y cuando finalmente nos decidimos ya es tarde. El regusto que nos queda es de desolación, de pena, de arrepentimiento. A menudo son cuestiones que no tienen marcha atrás, pero que suceden. Samarcanda

Imgen: Caras Ionut
EL HOMBRE DEL BANCO (Microcuento)
Allí se pasaba el día, en aquel banco sucio y vacío. El parque era su territorio y su hogar, esencia misma de lo que representaba su vida. Me sorprendió lo aseado que iba a pesar de sus carencias, su camisa inmaculada, limpísima, llena de luz como sus ojos celestes.
- Quizá no era un mendigo -dudé. ¿Pero qué hacía allí entonces?
Su banco se hallaba flanqueado por un robusto ciprés, que le proporcionaba la sombra necesaria para resistir los áureos rayos que se desplomaban sobre su espalda. Sonreía. Ser positivo en semejante trance era un milagro, pero él parecía serlo. Sin trasmitir pena, ni tristeza, muy al contrario, todo lo que giraba en torno suyo lo hacía con dulce armonía, como si aquel lugar no evidenciará realmente abandono. 
Huirá de un amor perdido… -imaginé. ¡Quién sabe! Llevaba días allí, impertérrito y pertinaz, defendiendo su espacio con la misma actitud e idénticas emociones. Sus gestos seguros, trasmitían amistad y bondad. Era afable. Aunque lo pensé no me atreví a abordarlo.
Aquella tarde me decidí por fin, para que pudiera desvelarme que infames martingalas de la vida, le habían arrastrado hasta aquel olvidado lugar. Por primera vez no estaba. No quería especular nada terrible. Pregunté, pero nadie supo darme cuenta. Quise al fin imaginar que le habían encontrado y retornado al lugar que le correspondía. Ese mismo en que había un hueco enorme desde que se marchara. O quizá desee pensar eso, para no sentirme tan terriblemente mal... 
©Samarcanda Cuentos.-Ángeles.
Safe Creative #1208080659685