domingo, 1 de septiembre de 2013

MORIR EN VIDA

 PECADOS CAPITALES  (Tema: La Avaricia)

Es una gran locura la del vivir pobre, para morir rico. (Juvenal)

                                         MORIR EN VIDA
El Sr Edwards cambió su forma de vivir y de pensar casi de la noche a la mañana; la trasformación  fue drástica. Era de esos ricos excéntricos que había amasado fortuna y poder a través del mundo inmobiliario. Sus transacciones millonarias llenaron durante años periódicos de todo el orbe, llegando a ser una persona envidiada por cuantos le conocían.  No se le tenía por un ser mezquino, al menos no era un defecto que aireara visiblemente. No era generoso, eso es cierto, pero sabía pasar inadvertido en ese terreno para que nadie notara cuanto le molestaba gastar más de la cuenta a pesar de su opulencia.
Lo cierto es que desde niño ya tenía un perfil avaricioso,  recopilando juguetes y objetos varios, que almacenaba sin apenas tocar, sólo por el hecho de tenerlos, de atesorarlo, sin otro disfrute, ni meta. Llenaba los armarios de su habitación para de vez en cuando contarlos con afán desmedido esperando que todo siguieran en su lugar, ahora le pasaba lo mismo con joyas y trofeos que acumulaba con exagerada tacañería,  vivía sin ostentación debido a ese carácter suyo un tanto huraño pero nunca fue algo que se pudiera considerar patológico, hasta que en aquel abril del año 66, sucedió algo extraño.

Reunió a todo su personal en el amplio salón de su villa y les indicó que le faltaban unas monedas de oro heredadas de su padre y que tenían un valor incalculable. En realidad, sólo eran dos monedas de las 70 que componían la colección, las conocía muy bien, una a una  miles de veces las había manoseado para contarlas con  placer inusitado, trabajo que solía hacer una vez al mes desde hacía lustros.  Aquella soleada tarde en que la primavera fue testigo, su rostro se tornó de un amarillo ocre, al rojo intenso cuando se percató de la falta de esas dos estimadas piezas. El sudor le caía por las sienes y lo acontecido ya ni le permitía pensar con claridad. Por primera vez no se sentía seguro en su casa y con los suyos. La desconfianza empezó a adueñarse de su espíritu ambicioso con enfermiza obsesión,  sólo deseaba estar rodeado de sus conquistas materiales y más que nunca se convirtió en una necesidad imperiosa y primordial. (SIGUE)

                                                      © Samarcanda Cuentos - Ángeles
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