miércoles, 6 de noviembre de 2013

Agua Dulce

Esta pequeña historia fue el resultado de uno de los DESAFÍOS que se llevaban a cabo en el Foro de escritura al que pertenecía. El esquema de trabajo podía variar, este era uno de ellos, en el que a partir de unas palabras sueltas se debía improvisar un cuento corto. 
Me incliné por una historia suave que habla de la esperanza. Por una nueva oportunidad de ser feliz en la vida. 


AGUA DULCE: (Cuento Corto)

Era un  luminoso día de mayo, ella caminaba descalza por la playa como siempre acostumbraba. Daba igual que fuera invierno o verano, otoño o primavera, esos interminables deseos de descubrir una nueva puesta de sol, de colores y resplandor increíble le hacían salir en su busca a diario, necesitaba sentir ese familiar cosquilleo de la arena en sus pies desnudos, esa brisa suave que le rozaba el rostro como la mejor de las caricias. Ese olor a mar y a sal que le obligaba a cerrar los ojos y suspirar con fuerza para tragárselo de un sólo aliento.
Llevaba siempre consigo su piedra de la suerte. No era más que un trozo de canto de increíble suavidad con el que había tropezado hacía mucho tiempo. A menudo pensaba que no había sido fortuito, que alguien premeditadamente la había dejado allí como un símbolo; el primer eslabón de un acertijo que aun estaba por desentrañar.
Alcanzó el final del embarcadero tal como solía hacer. Tomó aire, suspiró sonoramente y sonrió. Justo antes de emprender el camino de vuelta, ya de regreso, advirtió la presencia de un forastero -era evidente que lo era- en su habitual paseo diario conocía a cada uno de los que también acostumbraban a entregarse al placer de ver el mar y el estallido de las olas contra las rocas. Un ritual divino e inexplicable que muy pocos compartían. El extranjero estaba dando de comer a las gaviotas que se acercaban solícitas y sin temor hasta sus manos para recoger lo ofrecido, a ella le imponían un poco esas aves e intentaba siempre rehuir su contacto, pero les reconocía encanto y majestuosidad.
El cielo aun era claro y un murmullo de sirenas parecía acompañar sus pasos, no tenía grandes motivos, pero se sentía radiante, así lo demostraba su amplia sonrisa y esas notas familiares que tintineaban en sus labios. Casi no miró a aquel muchacho, pero con clara nitidez sintió un estremecimiento al pasar junto a él.
-Oye, niña, se te ha caído esto –dijo él con evidente descaro.
Ella paro sus pasos y le miró al fin con su calma y cadencia habitual.
-¿Cómo dices? –preguntó mientras pensaba en la insolencia de aquel chico.
-Esta piedra es tuya. Vi como caía de tu mano.
-Oh!! Gracias, te parecerá una tontería, pero si llego a perderla lo hubiera sentido muchísimo –esta vez sonrió al responder. !Es mi piedra de la suerte!
-No hay de que –dijo de inmediato, devolviéndole la sonrisa, al tiempo que estiraba su mano y añadía:
-Hola, mi nombre es Alex. ¿Y el tuyo?
“Descarado y simpático” –pensó ella.
Nuevamente el escalofrío al sentir su mano en la suya. Fue una sensación como de haber vivido ya ese momento -Déjà vu, creo que le llaman- le miro fijamente y aunque seguía pareciéndole un tanto atrevido, en el fondo le hizo gracia esa manera tan fresca, tan espontánea de presentarse y entablar una conversación.
-Me llamo Aloe- dijo por fin.
-Uy! Que nombre más…mmm..¿Peculiar? Nunca conocí a nadie que se llamará de ese modo -sonrió Alex mientras añadía- ¿Significa algo?
-Sí, es el nombre de una planta – le aclaró ella- un cactus para ser exactos. Me fascinan, porque son de los pocos seres vivos que no se rinden nunca, luchan por subsistir y sobreviven a pesar de todos las dificultades. ¡Son admirables!
-Sí, para mí también es importante la tenacidad y la fuerza –contestó Alex con aquella sonrisa, mezcla de ternura y complicidad.
- ¿Vas a soltar mi mano? -Preguntó Aloe al tiempo que sonreía burlona.
-Ah, perdona, me había quedado abstraído con tu…explicación.
Siguieron hablando y hablando. El tiempo parecía haberse detenido para siempre, hasta era posible que ya se conocieran y que aquello no fuera más que un feliz reencuentro. Presentían que se habían estado esperando, que ahora por fin, estaban frente a frente. Fue fácil reconocerse, saberse, sentirse, bastaron unos cuantos minutos, tan sólo un puñado de palabras…Para no resultar en modo alguno insólito o artificioso. Era más que evidente que sus palabras estaban enlazadas,  que las de él precedían inequívocamente a las de ella. Nada premeditado y a la vez perfecto, como si se tratara de un guión que ambos hubieran escrito al tiempo -en otro tiempo- y que sólo existía ahí, en medio de esa extraña nada, de un encuentro que parecía casual…¿O tal vez no?
Aloe –al darse cuenta de su tardanza- se sobresaltó. Las horas se habían hecho minutos y los minutos segundos, pero era ya noche cerrada y ninguno de los dos lo había advertido.
Alex por su parte, se empeñó en custodiarla hasta su puerta -no estaba lejos- tan sólo unos metros más allá.
-¿Ves aquel farolito azul allí enfrente? –Le había dicho Aloe- pues es allí donde vivo.
Se despidieron con un hasta pronto y una mirada callada que lo decía todo, Aloe notó el temblor de su mano cuando él se la tomo para decir quedamente:
-Hasta mañana…que sueñes mucho niña.
Al día siguiente se levantó pronto, impaciente, ansiosa, sumamente alterada, casi con angustia, sólo esperaba que las horas transcurrieran rápido para volver sobre sus pasos. Todo su mundo de repente se había quedado enredado en aquella playa. Por el contrario el tiempo se obstinaba en no avanzar, desquiciándola,  obligándola a ser esclava del reloj,   las manillas del segundero parecían reirse de ella burlonas.
Al fin llegó el esperado momento de encaminar sus pasos hasta la fina arena, volver a sentir el suave tacto bajo sus pies. Avanzó con el corazón saltándole del pecho,  ella misma no podía creer esa sensación que le subía hasta la boca del estomago.  No recordaba haber sentido algo así anteriormente,  al menos con esa intensidad que rozaba la locura.
Alex no estaba. Se sintió decepcionada al mirar a su alrededor y no verle. Le calmó advertir la presencia del velero, la noche anterior él le había hablado de su barquito, el mismo que le había traído hasta aquella playa…Hasta ella.

Alex le había contado que era un espíritu libre, un buscador de sueños. Que su mayor deseo era navegar y descubrir universos perdidos. Secuestrar la belleza de un instante,  embriagarse con el recuerdo de un aroma,  correr tras lo desconocido -y tal vez-  tropezar con esa persona ideal que andaba buscando. Más aun,  para anclar por fin su barco y su vida o partir a rumbo desconocido. Aun no lo sabía, pero juntos para siempre. Le contó como intuía que su instinto le conduciría finalmente hacía esa mitad que anhelaba…Hacia su amor.
Siempre que presentía un pálpito detenía su velero y esperaba que el milagro se hiciera. Hasta ahora nada especial había sucedido.
-Fíjate Aloe –le había dicho Alex ¿Ves el barco? Es aquel azul y blanco. Mira el nombre. Se llama LATIDOS. Esa palabra me representa, porque yo soy eso mismo. Un alma convertida en latidos.
Ella siguió sonriendo mientras evocaba las palabras de ambos la noche anterior, caminaba absorta, con una risita boba pintada en la cara y en su pensamiento solo un nombre. Alex se había colocado delante de ella haciéndola tropezar.
-Hola mi niña ¿Cómo estás?
Se sobresaltó, sintiendo que sus rodillas cedían, mientras un tibio calor la invadía.
-Hola mi niña ¿Cómo estás?
-Hola marino de agua dulce –contestó al fin.
-¿Será salada? –sonrió Alex.
-No.. yo pienso, bueno…Creo que tus aguas son tan dulces como….
-Termina –le animó él con cierta sorna.
-Bien, como tú…Quería decir.- dijo al fin bajando los ojos y con las mejillas encarnadas.
-Oh! Gracias ¿Y ahora que digo yo? –añadió él
-Nada, por favor, no digas nada…
Se le ocurrió pensar la cantidad de  bobadas que se pueden llegar a decir cuando te sientes bien con alguien, cuando lo que menos importa son las palabras.
Fue tan fácil desde el principio hablar con él, adivinar cada gesto y cada palabra suya. Darse cuenta de que compartían casi todo: gustos, aficiones, melodías, sensaciones…Y palabras, sobre todo las palabras. Aloe lo observó mientras él hablaba con su vehemencia habitual, ese ímpetu de conversador avezado, ducho en el arte de explicar historias.
-Angelical y embaucador.- pensó.
Hablaba como si las palabras se le escaparan de dentro, a borbotones, soltándolas entrecortadamente, pero convirtiéndolas a la vez en una dulce caricia que la envolvía.
-¡Es un cielo! -pensó ella, deseando decirlo, pero sin atreverse a hacerlo.
Siguieron hablando por infinitas horas que en realidad parecían no existir, sonriendo, ironizando, soñando… En un punto de la conversión, Aloe -deliberadamente- dejó caer que su esposo estaba de viaje de negocios en Milán y no regresaría hasta el viernes. Siempre se sentía muy sola y ahora parecía todo era tan diferente…
De repente la angustia se hizo presente, no sabía muy bien porque lo había dicho, aunque íntimamente deseaba que Alex lo supiera. Él no dijo nada…ella tampoco insistió, no era necesario.
De nuevo el adiós -no podía acabar aquella noche- ninguno de los dos lo quería, pero el tiempo no quiso ser cómplice de sus deseos. Ni de sus miedos…Ni de sus quimeras.
-Adiós -dijo ella.
-¡No! –Se apresuró a rebatirla Alex- Nunca digas adiós,  se dice ¡Hasta luego!…

                                               *   *   *   *   *   *   *

El timbre de la puerta la tomó por sorpresa, Aloe se disponía a meterse en la cama para esperar el nuevo día, la siguiente prueba, como una niña sorprendida y asustada a la vez.
Fue a mirar quien era algo extrañada, a esas horas de la noche, no pensaba abrir a nadie. Echo un vistazo por la mirilla y allí estaba Alex con una sonrisa de oreja a oreja. Sin ni siquiera dudarlo, abrió de inmediato.
-¿Qué haces aquí? ¿Ocurre algo?
-No nada, sólo te tome la palabra, me dijiste que si necesitaba cualquier cosa, podía pedírtela.
-Claro, por supuesto ¿Qué necesitas?
-Un sacacorchos, por favor –dijo él al tiempo que sonreía y alzaba una botella helada de vino blanco, que llevaba en la mano.
Aloe también sonrió por la situación. ¡Muy sutil no era, desde luego! 
Estaba convencida de que tampoco había sido esa su intención.

-¿Y no podías esperar hasta mañana? Son casi las 12.
-Imposible, este vino caduca justamente hoy –bromeo él-  Vaya, que si no te das prisa ¡Es que no llegamos a tiempo!
-¿Llegamos? –preguntó ella, conocedora en parte de la respuesta.
-Sí, tú y yo. Llevaba esperándote muchos años –dijo Alex y añadió irónicamente mientras alzaba la botella. ¡El vino, se entiende!
Aloe volvió a sonreír, no era algo muy usual en ella, pero desde que conociera a Alex no había hecho otra cosa.
-¡Anda pasa! -le dijo al fin, mientras  estiraba suavemente de su manga.
La noche se consumió a toda prisa, por más que los dos hubieran deseado retener cada uno de sus segundos, cuando se dieron cuenta los primeros rayos de sol ya iluminaban el ventanal. Habían pasado gran parte de las horas hablando, bailando apretaditos, mirándose a los ojos, adivinando sensaciones, provocando deseos, bebiéndose la vida, compartiendo palabras que decían mucho…O no decían nada…
-Tonta…
-Bobo…
-Tú, más…
Dejaron que llegara el día mientras todavía permanecían abrazados, mejilla contra mejilla, sabían lo que sentían, que sólo dos días habían bastado para estar y sentirse más enamorados que si llevaran toda una eternidad juntos.
No querían que el sueño les venciera, deseaban saborear cada uno de esos interminables  segundos juntos, finalmente el cansancio pudo más y se rindieron a él. Alex fue el primero en despertar, se levantó en silencio, tan sólo rozó la cara de Aloe con sus labios levemente, para al marchar cerrar la puerta con cuidado. Prefirió dejarla en ese instante  -ella sabía dónde encontrarlo- además, puede que  necesitara pensar mucho…!O quizá no!…
Un instante después de abandonar la casa Aloe se despertó en un sobresalto, era como si esa ausencia le doliera, porque con sólo cruzar la puerta, ya le echaba de menos.
Todo olía a él. Volvió la cara en su cama y al hacerlo reparo en un pequeño papel doblado en mil pliegues. Era una carta de amor, la más bella, la más sincera, la más tierna. También era una despedida…!O quizá no!…
Los dos supieron desde el primer instante en que se miraron -y se perdieron el uno en los ojos del otro- que aquello no era el final de un sueño…La vida nos brinda pocas oportunidades y nunca hay que desdeñar semejante ofrenda.
Por eso en su corazón, las maletas ya aguardaban en la puerta…

Noviembre de 2003


Texto perteneciente al libro de relatos cortos:
"A través del Caleidoscopio"
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