miércoles, 11 de febrero de 2015

Dolorosa Sentencia

A veces el amor se convierte en ceniza y  no se pude hacer nada por volverlo a la vida. Parece que es inesperado, sin embargo, es posible que hayas intentado obviar que es un camino imparable y que esa cuesta hacia abajo estaba ahí, mucho antes.
Samarcanda.



DOLOROSA SENTENCIA
La muerte se colaba entre cada uno de los eternos suspiros, que ambos emitían entrecortadamente, ahogados, pero no por ello menos abrumadores. El olor a fatalidad ganaba espacio y el peso del desconsuelo era mayor a cada instante. Rosa y Juan se miraron de soslayo, sucumbiendo a la certeza de que ya no les quedaba nada que compartir. Esa evidencia le produjo a Rosa un enorme boquete en mitad del alma, mientras su cuerpo se negaba sentir absolutamente nada. 
El inmenso amor que les había unido durante quince años, yacía inerte ante ellos, entregado al fin a un destino que no tenía vuelta atrás. Nada podía devolver el esplendor a un sentimiento muerto e impávido. Mientras, Juan entretenía su pensamiento con imágenes diluidas de tiempos pasados, tiempos de felicidad que ya eran ceniza y donde ni los rescoldos fueron capaces de avivar aquel fuego. 
Durante los dos últimos años ambos intentaron sin éxito insuflarle oxigeno a ese amor, hacerle el boca a boca para mantener sus constantes vitales, pero por mucho que los deseos de los dos se correspondían, en ocasiones la díscola vida toma caminos ajenos a los que los dolientes protagonistas pretenden. Así que allí estaban ellos, el uno frente al otro, sin ser capaces de hilvanar una frase con sentido, sin conseguir que la elocuencia de antaño ganara terreno a la indiferencia que amenazaba con abrirse como una helada tumba y engullirlos. De nada sirvieron los buenos recuerdos que endulzaron tantos años, la suerte estaba echada y tanto a Juan como a Rosa, la sentencia les encontró desarmados, abocándolos en instantes a su cruel realidad. Nada resultó ser tratamiento efectivo a una enfermedad ya sentenciada. El final llegó inapelable y su amor cayó allí mismo muerto.



            ©Samarcanda Cuentos-Ángeles.
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