lunes, 13 de octubre de 2014

FLORES, BOLLOS E ILUSIONES

       Se puede mezclar la ironía con la ternura, los deseos, con los sueños, la sencillez con el cariño...Para convertir todo ello, en una pequeña historia cotidiana.     
Imagen: Bignonias. ©Siscu Tules    

 FLORES, BOLLOS E ILUSIONES
Mis ojos se perdieron entre esplendidas bignonias que se desmayaban por la enorme cristalera que daba al jardín. Abstraída con el admirable paisaje, había abandonado solo por unos segundos el enorme briox de crema, que ya iniciaba camino hacia mis labios entreabiertos. No porque no sintiera una inclinación creciente por el de nata, si no porque no estaba dispuesta a hacer esperar más a mis golosos deseos. La boca se me hacía agua ante la suculenta bandeja repleta de exquisiteces, que insolentes, me provocaban.

Me acomodé en un enorme sillón de mimbre que chirriaba un poco, donde el blanco que se adivinaba a través del cimbreante material hacía tiempo que había perdido su esplendor, lo cual no desmerecía en absoluto su belleza, además, aquellos almohadones eran comodísimos, ideales para un merecido descanso ¡Estaba rendida! Las diez horas trabajadas el día anterior daban clara muestra de ello. Deseé por un momento no tener que ir a fregar a casa de doña Edelmira. El único pensamiento que planeaba ahora por mi cabeza era disfrutar al máximo de este momento…Un momento inusual, sería imperdonable dejarlo pasar.
Una enorme taza de chocolate humeante me invitaba a devorarla sin compasión, por mucho que mi mente se obstinaba en seguir volando entre un sinfín de detalles. La mantelería de hilo fino o la vajilla de porcelana china volvieron a distraerme. Sin querer, pensé en la abuela Clotilde y sus tazas de barro cocido que yo había heredado y un suspiro de melancolía me asaltó.
Entre divagaciones, unos golpecitos en el hombro me reclamaron ¡Qué fastidio! -pensé.
No tenía predisposición alguna en compartir semejante festín. Sin embargo, me volví al escuchar una voz conocida a mi espalda.
-¡Pobre mami! Llegas tarde cariño...Has vuelto a quedarte dormida.
Observé mi alrededor contrariada, los platos se amontonaban sin fregar. Sobre la mesa de la cocina, un par de galletas rancias y un “aguachirri” helado con gusto a café me esperaban con el idéntico desencanto de una ilusión perdida.
 Una tímida sonrisa se alió con mi resignación para añadir finalmente:
-Bueno, quizá algún día…
               
                           
                                                   © Samarcanda Cuentos - Ángeles.
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