sábado, 8 de febrero de 2014

La mansión de los Verdú

Un poquito de suspense en la Catalunya del siglo pasado. Una mansión antigua, un oscuro secreto y la noche se ilumina. La tragedia se masca en el ambiente...


LA MANSIÓN DE LOS VERDÚ (Cuento Corto)
La noche fue testigo de la tragedia. Nadie podía creer lo sucedido, la casa se había mantenido en pie por tiempos inmemoriales, sobreviviendo a varias generaciones. En el pueblo se percataron cuando el incendio devoraba ya toda la madera noble del inmueble y el fuego abrasador se veía desde el otro lado del bosque aledaño a la casona, iluminando el espacio de tal forma que lo hacía cobrar vida a través de imágenes  irreales y fantasmagóricas. 
Gran parte del verde maravilloso de la finca empezó a tornarse de un marrón deprimente y hasta el gran árbol de ricos higos, “La Figuera Grossa” que plantara el bisabuelo de Mariona hacía más de un siglo, era ya pasto de las llamas. El paisaje se convirtió en un triste cementerio para lo que fue belleza indescriptible del lugar.

 La historia de los hecho se remonta  al momento en que la dueña de la casa, Mariona Planelles deja en herencia toda la extensión de la finca al vecino que pueda demostrar que es su primogénito robado el mismo día de su nacimiento. Su hijo sería ahora un hombre cuarentón y aunque se comentaba que nunca llegó a salir del pueblo, nadie conocía su identidad.  Lo que todos intuían es que fue la propia abuela doña Montseta Verdú, la que se encargó de hacerlo desaparecer, llevándose el secreto a la tumba. Esta decidió llevar a cabo tan aberrante acción al saber que el padre del bastardo era un pobre desgraciado del pueblo. A  la hija se le comunicaría que el niño había nacido muerto en el parto. Mariona volvió a quedar embarazada del mismo sujeto poco tiempo después  dando a luz, esta vez, lejos de su casa, para volver con el pequeño en brazos, en cuanto lapidó su dilatada provisión de caudales.
Pero la tragedia se cernía sobre la casa y sus habitantes por lo que el pequeño Martí tuvo un desenlace fatal cuando sólo contaba tres años de edad. El niño fue encontrado en una de las antiguas tinajas utilizadas para el aceite, en ella aun podía leerse con letras impresas su capacidad, veinticinco azumbres, sin embargo no estaba llena. Había bastado una mínima parte de su cabida para que el niño perdiera la vida ahogado. No se sabía cómo, pero había caído al abismo del viscoso líquido y no se pudo hacer nada por salvarle la vida. 
Mariona después de este terrible accidente llevó su vida -más aun- a una disoluta decadencia y sus frecuentes correrías eran conocidas por todos en el pueblo. El laberinto sin salida en que se había convertido su existencia era un camino hacía el infierno sin retorno,  ni siquiera su  influyente madre, Doña Montseta, podía  hacer ya nada por ayudarla. Sólo el tiempo y los años consiguieron que el buen juicio ganara la batalla y la disoluta heredera se refugiara en el caserón familiar hasta su muerte, sobrevenida esta  a relativa temprana edad, debido sin duda a los desmanes anteriores.

Ahora una vez fallecida la última de los Planelles Verdú, Mariona, su testamento se convertía en una sorpresa para todos en la zona.  No había descendientes y sólo el hijo perdido podía hacerse cargo del magnífico legado. Muchos fueron los que se atribuyeron la estirpe familiar, pero ninguno  pudo demostrar de modo fehaciente que fuera el hijo anhelado. 
 Serían cuatro las personas que recibirían idéntica misiva aquella jornada fatídica, en ella se les pedía que se personaran a las puertas de la vieja mansión al caer la noche.  Sólo tres eran vecinos del pueblo y de hecho se encontraron en el camino de manzanos en flor a la hora convenida. Pero el mensaje decía que serían cuatro y el último no aparecía ¿Quién sería el desconocido?

Jaime, hijo de los que fueron fieles sirvientes de doña Montseta, fue quien les abrió la puerta y les invitó a entrar, aunque no  supieron hasta después de sentarse a la gran mesa de comedor, que él era el portador del cuarto mensaje. Este les sirvió sendos vasos de vino y empezaron a beber amenizando la charla. Jaime les refirió un relato sorprendente, haciéndoles participe del  secreto mejor guardado de la familia. Aunque  uno de los invitados a la tertulia  calificó lo narrado de ilusorio e increíble, a los otros dos no les era tan ajena la historia, aun así callaron en espera del desenlace. Las piezas empezaban a encajar y sus semblantes se tornaron severos y atónitos por diferentes cuestiones. Dos de los recién llegados eran los únicos conocedores de la identidad del hijo ilegítimo de Mariona, cómplices silenciados por la abuela durante años. El tercero era por supuesto el heredero sin saberlo todavía. Lo que no acababan de ubicar era el papel que desempeñaba el hijo de los sirvientes en todo aquel rompecabezas.

-¿Qué quien soy yo? –Sonrió complacido Jaime-. Pues mi madre tuvo en realidad gemelos. El único conocedor del secreto era además de mi abuela, el doctor Capdevila que asistió al parto, ambos, ya fallecidos. Así que está claro que somos dos los aspirantes a la fortuna y por supuesto no estoy dispuesto a compartirla con nadie, por lo que difícilmente saldréis de aquí con vida.

Un ataque por sorpresa de los tres hombres -inesperado para el avispado Jaime- truncó todos sus planes. No imaginaba la reacción rápida y valiente de los pueblerinos. Sin luz eléctrica en la casa, los pesados cortinajes no tardaron en arder con virulencia en cuanto cayeron los grandes velones sobre ellas. 
La casa se convertía en escombros y los secretos seguirían siéndolo, convertidos esta vez en ceniza. Empezaba entonces y para el resto de moradores de la zona, el mito de la mansión de los Verdú.

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